Se conmemoró 45 aniversario de la muerte de Roberto Clemente

Hace 45 años, Puerto Rico se preparaba para las fiestas de fin de año, cuando llegó la noticia que cortó de golpe cualquier celebración y sumió a la Isla del Encanto en un luto unánime.

A las 9.23 de la noche del 31 de diciembre de 1972, el avión que llevaba ayuda humanitaria a Managua, la capital nicaragüense devastada por un terremoto, cayó al mar a poco más de una milla de la costa, unos minutos después de despegar del aeropuerto de San Juan.

Un terremoto de 6.2 grados de magnitud en la escala Richter sacudió Managua el 23 de diciembre y dejó unos cinco mil muertos, 20 mil heridos y más de 250 mil sin techo.

Clemente, siempre altruista, se movilizó de inmediato para recolectar suministros de emergencia para las víctimas.

“Cada vez que tienes la oportunidad de hacer una diferencia en este mundo y no lo haces, estás perdiendo el tiempo en la Tierra”, dijo.

Fue tan extraordinaria la respuesta que obtuvo el pelotero de los Piratas de Pittsburgh, que incluso después de enviar aviones de carga a Managua, aún había suministros que quedaban por llevarse a Nicaragua.

Clemente fue contactado por Arthur Rivera, quien ofreció los servicios de su avión de carga DC-7 para transportar los suministros.

Clemente inspeccionó el avión y acordó pagarle a Rivera cuatro mil dólares cuando regresara a San Juan tras cumplir la misión.

Por ley, Rivera debía proporcionar un piloto, un copiloto y un ingeniero de vuelo.

La fecha era complicada para conseguir personal y Rivera contrató a un piloto, Jerry Hill, y se designó a sí mismo como copiloto, a pesar de su falta de certificación para esa función, en tanto no pudo contratar a un ingeniero de vuelo.

Era desconocido por Clemente que el DC-7 había estado involucrado en un accidente 29 días antes, el 2 de diciembre, cuando una pérdida de potencia hidráulica provocó que la aeronave se saliera de la pista y chocara contra una zanja de concreto llena de agua.

El aparato terminó de cargarse el 31 de diciembre y Clemente decidió acompañar personalmente este vuelo después de haber sido informado de que sus envíos anteriores podrían no haber llegado a los destinatarios previstos debido a la interferencia gubernamental con los esfuerzos de socorro.

A las 9.20 de la noche despegó con más peso del establecido y no pudo ganar la altura necesaria. Tres minutos después, la torre de control del aeropuerto de San Juan recibió un mensaje del avión anunciando que regresaba. Fue lo último que se supo.

A los 38 años de edad dejó de existir “El Cometa de Carolina”, el jugador cuyo nombre es sinónimo de grandeza dentro y fuera del terreno, el pelotero latino por excelencia.

Después de su muerte, la Asociación de Escritores de Béisbol de América (BBWAA) decidió no esperar el mínimo de cinco años para hacerlo elegible al Salón de la Fama y en el propio 1973 fue exaltado a Cooperstown.

 

Vía: espndeportes.com

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